Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, diciembre 06, 2009

LA CONSTITUCIÓN COMO PUNTO DE PARTIDA

Hoy, 6 de diciembre, se celebra el aniversario de la Constitución española de 1978. Es costumbre en este espacio realizar algún tipo de comentario relacionado con dicha efeméride. Corren tiempos de crisis en todos los niveles. El Gobierno más incompetente de la Historia no tiene otra respuesta ante el colapso económico que una Ley de Economía Sostenible que, salvo contadas excepciones, es un catálogo de medidas del todo a cien, un batiburrillo sin coherencia alguna que pretende cambiar el modelo productivo a golpe de castañas pilongas. España ha perdido tanta relevancia internacional que hasta un país como Marruecos se permite torcer el brazo al circo diplomático dirigido por Morotinos. Y los nacionalistas, cada vez más crecidos, piden el fin de la monarquía y se comen la Constitución en favor de un Estatuto que es la suma de la ridiculez. Pues bien, en medio del caos y la decadencia, tengo claro que la reconstrucción de este país ha de tener como presupuesto la defensa de la Constitución. Ése es, nuevamente, el punto de partida.

Porque nuestra norma fundamental nació del acuerdo entre las principales tendencias políticas, de cesiones mutuas y de voluntad común. Un gran valor que no puede caer en el olvido. En la turbulenta trayectoria constitucional española, las constituciones más duraderas y beneficiosas han sido siempre aquellas que respondían a un pacto entre moderados y progresistas, como la de 1837, o entre conservadores y liberales, como la de 1876. Constituciones, al igual que la actual, pragmáticas, flexibles y adaptables, una versatilidad que permitió y permite la pacífica alternancia política, es decir, estabilidad y nula necesidad de cambios traumáticos y revolucionarios.

No es la Constitución de 1978 una Biblia liberal, ni falta que hace. Deja la puerta abierta a una cierta planificación económica y se limitan la propiedad privada y la libertad de empresa (arts. 33 y 38, respectivamente). Pero tampoco es socialista. El sistema de economía que configura es mixto, de mercado pero matizado por lo anterior. La lista de derechos fundamentales es amplia (arts. 15 a 29) y, lo que es más importante, se protege de forma especial (art. 53). Por consiguiente, son los distintos gobiernos los que orientarán su política hacia un lado u otro, en tanto que la Carta Magna asume el papel de contener las reglas del juego y la organización básica del Estado.

Ya se superó la idea del valor taumatúrgico de las constituciones (algo que, en el fondo, tan sólo servía para convertirlas en textos programáticos que acababan siendo papel mojado) y se afirmó su carácter de norma jurídica jerárquicamente superior a todas las demás. No es la panacea, sino la piedra angular del sistema o los cimientos del mismo. Por eso es un punto de partida que puede conducir a destinos mejores o peores.

Es obvio que hay imperfecciones en la obra del constituyente de 1978. Ahí está el Título VIII, intrincado rompecabezas y generador de un Estado autonómico nunca acabado y en constante tensión. Y se podrían proponer unas cuantas reformas. Mas la reforma es parte de la dinámica constitucional, aunque deba abordarse con suma cautela y pensando en las consecuencias.

A mi juicio, treinta y un años después aún hay motivos para brindar por nuestra Constitución, para sentirnos orgullosos de sus aciertos y para desear seguir sujetos a ella por mucho, mucho tiempo.

7 comentarios:

Alfredo dijo...

Yo no comparto el optimismo que tienes acerca de la CE de 1978. Eso lo tengo que dejar bien claro: me parece una constitución horrible aunque como soy una persona pragmática, no niego sus puntos buenos y jamás los he despreciado.

En esta vida, sólo hay dos constituciones que respeto y valoro y que me emocionan e ilusionan. La CE de 1978 no es una de ellas, lamentablemente para mí.

Bien, acabo de limpiar un poco mi conciencia respecto a dejar patente mi desagrado con el sistema que rige y paso a valorar el eje fundamental de lo que dices:

Esto es, si no me equivoco: no hay alternativa.

Vistos los esperpénticos elementos de aquellos que pretenden dinamitar el mediocre sistema que tenemos con el suyo, entonces es cuando me animo a mantenerme en pro del "status quo" actual constitucional.

Hoy no he celebrado el día ni pienso acudir al Congreso mañana ni pasado ni al Senado: no hay un sólo político español a nivel nacional que me ilusione, y las instituciones en sí las valoro pero es algo que hago a diario cuando me doy mis paseos.

La CE de 1978 tiene sus puntos buenos como decía pero más importante para mí es la democracia en sí: la preservación del sistema democrático. Ahí es donde me animo a taparme la nariz pero seguir dando un voto de "confianza" a la CE.

Por último, ¿sabes dónde puedo conseguir una copia de la CE de 1874?

Saludos

Samuel dijo...

La pregunta, Espantapájaros, quizás sea si en aquel momento podría haberse aprobado otra cosa. Por lo demás, estoy de acuerdo en que el texto constitucional no debe ser un programa de partido, sino un punto de partida en el que puedan ampararse gobiernos de distinto color.

Aún así, yo creo que la flexibilidad de una constitución también tiene unos límites. Puede dejarse en manos del gobierno de turno el grado de intervención estatal, que será variable según el gobierno que sea, pero no el modelo territorial, ni el modelo de estado, ni los derechos fundamentales y libertades públicas. Hay cosas que deben prefijarse y eso bien lo sabían en el régimen de la I Restauración, donde socialistas, republicanos, nacionalistas y anarquistas quedaban al margen del sistema. Un dilatadísimo consenso también puede generar inestabilidad.

Y por más ambiguo que sea el artículo 2 o el embrollo que ha generado el Título VIII -en su mayor parte, sólo útil en el proceso de formación de las comunidades autónomas-, lo deseable no es que haya múltiples naciones en pugna, sino una única nación con un estado descentralizado. Que se abordara ese asunto, que entonces no quisieron definir, haría mucho bien a España. Las constituciones no deben reformarse cada vez que se cambia de gobierno, pero sí que es justo que cada cierto tiempo -treinta y un años me parece una cantidad razonable- se intenten definir y pulir los aspectos que más problemas están causando. Y, francamente, si una amplia mayoría de españoles estuviera dispuesta a apoyar una reforma, poco me importaría que los nacionalistas no saliesen esta vez tan airosos.

Saludos.

El Espantapájaros dijo...

Alfredo:

Ya he reconocido que la Constitucion de 1978 no es perfecta, pero es lo mejor que tenemos. Cambiarla por completo, incluso si se buscara un modelo más atractivo en ciertos puntos, sería un intento condenado al fracaso. Ahora bien, quién sabe qué pasará en un futuro lejano... No creo en los poderes milagrosos de las constituciones, sino en la acción de los individuos para reformar el sistema.

Respondiendo a tu pregunta, si te refieres a una copia de época de la Constitución de 1876, supongo que es posible encontrarla en librerías de viejo de Madrid. Ediciones actuales no he visto, pero seguro que hay. Tengo la suerte de que, antes de entrar en la Universidad, en mi colegio repartieron varios documentos de la Universidad Alfonso X el Sabio y entre ellos estaba la mencionada constitución, junto con otras del siglo XIX.

Samuel:

Existen principios y valores irrenunciables en la Constitución, a los que tú aludes, y desde luego todo tiene sus límites. El Estatuto catalán, por ejemplo, parece sobrepasarlos con claridad. Cuando hablo de una Constitución flexible, no me imagino un chicle que siempre puede estirarse más, sino un guante cómodo pero firme y resistente.

Lo del Título VIII es que es un verdadero dolor de cabeza y no me extraña que estemos en un momento de rapiña de las CCAA y pérdida del rumbo... Al principio de tu comentario decías que las constituciones son hijas de su tiempo y de unas circunstancias determinadas, y muchas veces la reforma es deseable y necesaria. Reforma meditada que no tiene por qué cargarse el texto entero, sino que, como bien dices, con ella "se intenten definir y pulir los aspectos que más problemas están causando". Pero en España hay bastante miedo a la reforma, por no decir desinterés de los políticos. Que esto no entre en contradicción con lo que he asegurado antes: una cosa es reformar y otra ir a hacia un nuevo proceso constituyente.

Hay un Informe del Consejo de Estado de 2005 muy revelador al respecto, que Zapatero guardó en el cajón precisamente por su seriedad, rigor y por el bien que habría hecho a España adoptarlo.

Los nacionalistas, qué duda cabe, fueron los más beneficiados políticamente con la Transición y el modelo que se alumbró. Corrobora esta afirmación el hecho de que siempre hayan ido a más desde entonces. Para mí, si se hiciese una reforma de la Constitución y luego una reforma de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, habría que poner coto a las ambiciones nacionalistas, cerrando el sistema autonómico, y buscar una fórmula más justa que restringiese su representación, hoy sobredimensionada.

Un saludo.

Alfredo dijo...

Perdón sí, la de 1876 pero ya me la encontré en la red. Con eso me refería a copia -- al texto.

Por supuesto que una reforma profunda está condenada al fracaso -- yo más bien haría hincapié en la reforma de la Ley Electoral y el tema de las competencias para las CCAA (qué nombre tan horroroso para denominar territorios).

Andrés Álvarez Fernández dijo...

Yo creo que entre tantas concesiones a unos y otros la Constitución acaba por no decir nada. Circula por ahí un chiste que dice algo así como; "¿Que tiene de malo la Constitución?". La respuesta: "Todo".

Sin duda comparto esto último.

Andrés Álvarez Fernández dijo...

Alfredo:

Lo de las CCAA es una aberración, lo mismo que la denominación de "nacionalidad histórica". La mejor denominación para las estructuras político-administrativas territoriales es la de "provincia", tal y como recomendó Pi i Margall.

Alfredo dijo...

Andrés estoy completamente de acuerdo: la palabra "provincia" es la que nos corresponde.

Eso de "comunidad" me suena a un complejo industrial o vecinal.