Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







jueves, septiembre 04, 2008

LONDRES, CIUDAD IMPERIAL (Y III)

Catedral de San Pablo

La segunda mayor cúpula del mundo está en San Pablo, catedral anglicana cuyas paredes interiores asombran al visitante por la cantidad de monumentos funerarios y placas conmemorativas que las recubren. En su mayoría dedicados a héroes de guerra del Imperio, uno puede pasarse más de una hora absorto en la lectura de los textos grabados en la piedra.

Hay un homenaje que destaca sobre los demás. Antes de subir a las galerías de la cúpula, a contemplar las fabulosas vistas de toda la ciudad, o de bajar a la cripta, donde descansan Nelson y Wellington, hay que ir al fondo de la catedral, al ábside. Una frase rotunda lo recorre: "To the American dead of the World War II from the people of Britain". Y frente a ella, un grueso libro abierto por la mitad: la lista de caídos norteamericanos. Profundamente conmovido, se me llenaron los ojos de lágrimas recordando a aquellos jóvenes que dieron su vida por sus hermanos ingleses y por la libertad en Europa.

Tras los mencionados instantes de emoción, uno puede acercarse al Old Bailey y sentir la poderosa mirada de la Justicia. Antes de dejar esta zona, y en relación con lo anterior, voy a aclarar una creencia equivocada. La Catedral de San Pablo no está construida en estilo neoclásico, sino en barroco inglés, y data de principios del siglo XVIII.

Museo de Cera Madame Tussauds

Nicholas Van Orton ha dicho que si Zapatero quiere retratarse junto a personalidades internacionales, no le queda más remedio que acudir a este museo situado cerca de Baker Street. Pienso, con sinceridad, que Zapatero podría engañarnos, ya que el realismo de las figuras de cera es pasmoso. Quizá no el de todas, pero sí el de muchas muy importantes. Sarkozy, por citar a un titán, es como si estuviese ahí, atendiendo al discurso de otro mandatario.

No les entretendré con la interminable lista de famosos, actores, deportistas, etcétera. Ustedes ya se hacen a la idea. Sí confesaré que tenía intención de fotografiarme entre George W. Bush y Tony Blair, y así lo hice. Delante de mí, un apestoso melenudo español se hizo la foto con Bush mientras le hacía una peineta. Para resarcir la maldad, llegué yo, puse mi mano en el hombro del Presidente y sonreí a la cámara. Un sonriente Reagan también estaba, pero no Margaret Thatcher, lo que me disgustó sobremanera.

En la cámara de los horrores hay escenas de torturas, una atracción de terror con actores y asesinos famosos tras las rejas. Existe una sección dedicada a la faceta más sangrienta de la Revolución Francesa, en la que se exhiben las máscaras mortuorias de Robespierre, Luis XVI, María Antonieta, realizadas por la propia Marie Tussaud.

Buckingham Palace

Cuando se asiste a la ceremonia del cambio de guardia en el Palacio de Buckingham, se debe aceptar lo siguiente: que siempre habrá mucha gente; que las incomodidades serán múltiples; y que no siempre se obtendrá una visión perfecta de los guardias reales. Para mi desgracia, una familia española, con total desconocimiento de lo dicho, vino a colocarse detrás de mí poco después de que la policía a caballo organizara de forma magistral al gentío.

Era una familia vulgar y chabacana. No dejaban de quejarse y de demostrar su amargura vital. Porque no veían bien. Porque lo que veían les desagradaba. Porque la música interpretada por los guardias era, según ellos, un "pasodoble". Por más que intentaba abstraerme de su palabrería soez, era imposible escapar: su tono iba en aumento y no había lugar al que huir.

La niña pequeña, una plasta integral, lloraba para que le cogiese ora el padre, ora la madre. El niño, un gordo feo e inculto, quería largarse. Y la madre le secundaba, pues estaba harta de aquel "castillo" y del "espectáculo dantesco". Pero cuando el padre, enredado con su cámara digital, por fin daba su brazo a torcer, la madre cambiaba de opinión y aseguraba que tenían que aguantar hasta el final, y ordenaba al padre grabar la música anteriormente despreciada. Luego volvía a rasgarse las vestiduras, a refunfuñar, a decir que estaban perdiendo la mañana... Y todo esto a viva voz y sin vergüenza alguna. Qué incoherencia y qué agonía. Si no les gustaba nada, tampoco nada les retenía. Y si aun así permanecían allí, por lo menos que no se quejasen tanto. Cabe decir que me sentí avergonzado; no avergonzado de ser español, pero sí de tener que aguantar a representantes de semejante ralea.

Aeropuerto de Barajas

Es aquí donde suelen finalizar mis viajes, demasiado cortos pero intensos y bien organizados. Los agentes de la frontera inglesa, en Gatwick, eran sonrientes y simpáticos. En general, los ingleses son muy educados, aunque nos toque padecer las excepciones en forma de turistas vandálicos. El caso es que aterricé en Barajas y, de inmediato, España se me vino encima, dolorosamente. El olor a café de funcionario, las salas impersonales con paneles de plástico color pastel y el policía que te saluda con un gruñido y grandes ojeras. Fuera de allí, Lady Aviaco aprendiendo a hablar y pensar en el Congreso de los Diputados, los nacionalistas dando su eterna tabarra financiera y Mariano Rajoy tan perdido como de costumbre. A pesar de ello, merece la pena seguir en España y dar la batalla para que las cosas cambien a mejor.

Obviamente, estos escritos no cubren la totalidad de mi viaje a Londres. En el tintero quedan la Torre de Londres, el Imperial War Museum, las librerías de viejo de Charing Cross, Covent Garden... Por ello, si desean saber más, vayan a Londres, capital del Imperio: no les decepcionará.

2 comentarios:

octopusmagnificens dijo...

¡Jajaja! ¡Qué risa con la familia de Buckingham Palace! De ahí, en la puerta de entrada, existen unos vídeos increíbles en color de las multitudes celebrando la capitulación alemana en 1945. No sé si los habrás visto alguna vez. Son de una calidad excelente.

Persio dijo...
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