Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







sábado, marzo 15, 2008

UN POCO DE CONSUELO

Con algo de retraso, ya está a su disposición mi último artículo para Aragón Liberal. Ya comenté que con él terminaba la etapa de las colaboraciones con los digitales. Recomiendo también la lectura de esta columna de José Gabaldón, Vicepresidente Emérito del Tribunal Constitucional, en la que dice exactamente lo que yo digo sobre el falso matrimonio homosexual. Por supuesto, será más válido y fundado lo que opine Zerolo, el de los orgasmos democráticos.

En otro orden de cosas, hace una semana Nicholas van Orton, en uno de sus magníficos artículos, me pasaba la pelota de tener que hacer una lista con cuatro libros que quemaría. Él, de forma sumamente inteligente, prefería quemar a los autores (en efigie, claro). ¡Qué culpa tendrán los libros! Pero a mí no me gusta aplicar el fuego a la palabra escrita. Sin embargo, he visto cómo en un canal autonómico catalán destruían un libro de César Vidal hundiéndolo en agua o cómo un gracioso personaje vomitaba sobre el más reciente libro de Aznar y nos lo mostraba en un vídeo. Los progresistas son muy explícitos. Si yo tuviera que quemar un libro, mi elegido sería ese absurdo libro blanco que se llevó Zapatero al segundo debate para presumir, aunque creo que ni lo llegó a abrir. La que nos espera...

1 comentario:

Nicholas Van Orton dijo...

Cualquier escritor sabe que la crítica, manifestada de diferentes formas y muchas veces en función del intelecto del «crítico», es inherente a la exposición pública de un trabajo: no hay que darle más importancia. Fuego, cubos de agua o una mala reseña son diferentes demostraciones. Un autor curtido debe de estar por encima de ésas cuestiones. Además, conviene no olvidar que la crítica, por sí, es subjetiva.
Saludos.