Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, abril 08, 2007

OBSESIÓN

Seguramente les ocurra también a ustedes, pero yo, particularmente, sufro obsesiones materiales pasajeras con frecuencia. Obsesiones, por cierto, que suelen dejarme seco en cuanto a dinero. Me encapricho con algo, generalmente coleccionable, y no me detengo y me quedo tranquilo hasta tenerlo y disfrutarlo brevemente; al cabo, pierdo el interés por ello y es deportado a las profundidades de los armarios empotrados. Así, puedo contar muchos enamoramientos, en el pasado, de series de cómics, de determinados libros o incluso de cantantes, que a la postre han acabado en el más absoluto olvido. Son ejemplos de esto mis discos del traicionero Enrique Bunbury o algunos juegos de la consola que no he llegado a pasarme. Como comprobarán, es un problema de mi apasionamiento, tan intenso como fugaz.

Con todo, y aunque ahí están los síntomas, espero que mis recientes y poco meditadas adquisiciones de novelas de Anne Perry (suerte que las bibliotecas me libran de tener que comprar muchos títulos) no signifiquen una de esas obsesiones de dos semanas de duración. Porque uno tiene aficiones, gustos, querencias y necesidades del todo consolidados, es decir, constantes y estables. Y no me importaría que Anne Perry, venerable anciana y misteriosa dama, entrara en una de las anteriores categorías, porque me ofrece todo lo que yo puedo desear en una novela negra: ambientada en la segunda mitad del siglo XIX, en Londres y con las oscuridades de la sociedad victoriana de fondo. Siempre he tenido predilección por las novelas negras inglesas y se me hacen irresistibles títulos como El degollador de Hyde Park.

Qué me dicen, además, de la siguiente frase, pronunciada por una señora que es un comienzo de feminista, que es una maravilla que borra los sueños paritarios de Zapatero: "Quiero que sepa que no me importa caminar una distancia de dos pasos detrás de un hombre siempre que el hombre camine dos pasos más aprisa que yo". Aparece en El rostro de un extraño, primera de las novelas con el arisco detective William Monk de protagonista. Sí, en verdad que tengo fuertes razones para desear que todo esto no sea una corta etapa.

3 comentarios:

Samuel dijo...

La verdad es que compaginar el dinero con las obsesiones es casi un arte, y uno acaba sometiéndose a aquél o dejando que estas acaben por arruinarle. Cualquier cosa antes que ser una persona corriente. Yo hace años que empecé una colección de Obras completas de RBA, y aunque no me atraen todos los autores, aquí estoy, no he tenido valor para cancelarla. La misma obsesión tengo los libros, soy incapaz de dejármelos a medias, me da remordimientos. Aspiro quizás a tener una gran biblioteca algún día...

Mejores son estas excentricidades que otras más superfluas que tienen embriagado a medio mundo. Cantantes, videojuegos o libros, todos sufrirán al cabo nuestro desprecio o alabanza. La vida irá estampando en nosotros su sello y quizás no conservemos demasiadas cosas de nuestra juventud. Tendremos cosas que recordar.

Es cierto que hay gustos inmutables. Espero que nunca deje de gustarme Clarín, ni usted abandone nunca esa predilección por Cánovas del Castillo u otros héroes de su devoción. Seguramente amamos lo que más se parece a nosotros, aquello que nos resulta más íntimo y familiar. En el fondo queremos vernos a nosotros mismos en cada afición y por eso mantenemos nuestra fidelidad. Cuando cambiamos, el sujeto a quien admirábamos pierde su gracia.

Un cordial saludo.

Nicholas Van Orton dijo...

Los martes emiten en la emisora RTL las andanzas de un detective que se llama Monk. Es un tipo que tiene tres obsesiones: higiene personal, orden y limpieza. Sólo puede ver un capítulo entero en una ocasión, ya que el actor es malo, las historias previsibles y repetitivas y me aburre: no creo que se trate del mismo.
Yo, hace tiempo, aprendí a deshacerme de mis obsesiones: ¡qué alivio!
Saludos.

El Espantapájaros dijo...

Samuel, su comentario a mi artículo bien podría intercambiar los papeles con el segundo, porque es verdaderamente magnífico.

En cuanto al Monk del que habla Van Orton, es otro, pese a tener el mismo nombre. El William Monk de Perry vive en el siglo XIX y tiene muy mala leche, aparte de una altivez impropia de su clase en esa época. El Monk televisivo es distinto en todo eso.

A mí tampoco me gusta la serie, aunque alguna que otra vez la he visto. ¡Ese tipo sí que es un obsesivo! Aunque más bien llega al nivel de manías enfermizas.

Un saludo