Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, octubre 08, 2006

TARADOS DE MADRID

El centro de Madrid es un nido de tipejos raros y gentes variopintas, de tal suerte que siempre que pasas por allí te llevas una o dos sorpresas. Este viernes me encontraba yo en la Fnac para obtener los dos últimos discos de los Rolling Stones que me faltan para completar toda su discografía de estudio. Tras ocuparme de eso, fui a la enorme sección de libros y eché un vistazo a los de teoría política por si me topaba con algo interesante. Y lo hice, sí, pero no con un libro; con una persona. El hombre del sombrero tenía acento sudamericano y se vestía con una muy tropical camisa de algodón. A su lado había una mujer a la que comentaba que, vistos los tomos de instituciones públicas, tenían que ver otros, porque, según dijo: "Si vamos a dar un golpe de Estado, necesitamos consultarlos...".

Aquello me descolocó bastante, pero hubiese jurado que el golpista iba en serio. Sin embargo, no pude reflexionar sobre ello con lucidez, ya que cuando estuve de nuevo en la Gran Vía, pasarela madrileña de todo lo extravagante y surrealista, una predicadora, libro sagrado en mano, gritaba a viva voz que las puertas de Dios se habían cerrado y que nadie podría abrirlas, por lo que estábamos bien... condenados. Luego, cosas del destino, tuve que volver a la Fnac con un amigo. Antes de traspasar las puertas del edificio, una bruja andrajosa y despeinada nos quiso endilgar una pegatina con la paloma de la paz mientras nos pedía "la voluntad". Por supuesto que fue rechazada, como ha de hacerse con los charlatanes y esbirros de diversas organizaciones benéficas que pululan por ahí.

La tarde del viernes estaba siendo muy extraña debido a esos personajes, por lo que mi repulsión céntrica subió varios grados. Pero la depravación no había terminado. En medio de la peatonal calle Preciados, ocupando casi todo su ancho, se habían instalado tres saltimbanquis que hacían piruetas para deleite de la multitud congregada a su alrededor, que cerraba la amplia elipse causante del atasco. Hube de maldecir tanto descontrol y parranda a escasos metros de la Puerta del Sol. Y es que así es el centro de Madrid.

6 comentarios:

vitio dijo...

Yo también he tenido alguna que otra anécdota en el centro de Madrid.
Estaba en una tasca al lado de la Plaza Mayor y pedí un bocadillo de rabas. La cuestión es que al poco tiempo me sacaron un plato de patatas bravas, y le dije que eso no era lo que había pedido. Lo que pasa es que el buen hombre me entendió "bravas" y me dijo que en Madrid lo que yo llamo "rabas" se llama "calamar"...
Así que nada, al final sí me comí un buen bocadillo de calamares y cada vez que voy para Madrid sé exactamente que tengo que pedir.
Un saludo.

VICTRIX dijo...

Amigo Espantapájaros, sin pretender incurrir en aldeanismo alguno, pues también critico mi tierra, he de reconocer que la vida en algunas ciudades castellano-leonesas es muy recomendable ya que disponen de toda clase de comodidades sin necesidad de recurrir a una ciudad agobiante como Madrid que, como gran ciudad que es, implica ciertos inconvenientes entre los que se encuentra el que inspira su artículo, es decir, la presencia de gentes muy extrañas con las que yo no suelo toparme a menudo. Una de las cosas que más me incomodó las veces que visité Madrid fue la insistencia con que determinados personajes intentaban endosarme toda clase de publicidad. Y claro, observé que los madrileños les ignoraban elegantemente como si de mobiliario urbano se tratase, pero a uno le debían de ver cara de turista y le perseguían como si de un marcaje al hombre se tratase. Desgraciadamente cada poco se repetía la escena. Sin duda se ve gente muy pintoresca en la capital; como otra vez que fui y me topé en un McDonalds con unos ejecutivos de alto nivel, con maletín y debidamente trajeados, que tras terminar su menú montaron azarosamente y jugaron con los juguetes de regalo que a menudo se ofrecen. Muy extraño. Así de entretenida puede resultar una visita por Madrid.

Un saludo.

octopusmagnificens dijo...

Los que somos de provincias no vemos esas cosas jajaja.

Samuel dijo...

Pues no, no las vemos, aquí en mi patria chica, lejos del mundanal ruido, veo todos los días las mismas caras, o al menos da esa impresión. Yo también he paseado por Madrid y por supuesto me dio la impresión de que se trataba de una ciudad muy pintoresca, para bien o para mal.

Debo reconocer que me gusta encontrarme con esos tipos extravagantes para luego tener algo que contar y de lo que reírme en las noches de insomnio. Aquí no suceden demasiadas cosas, pero hay cada individuo que trae cada cara de misterio que se podrían escribir verdaderas novelas. Lástima que en mi ciudad no haya golpistas de verdad, porque los observadores nos pondríamos las botas. Tenemos otras cosas, pero, golpistas, golpistas, no.

Un cordial saludo.

addie dijo...

El centro de Madrid está más degradado que nunca y es lamentable. El responsable, Gallardón y su gobierno.

zetapolleces dijo...

Totalmente de acuerdo con tu descripción, Espantapájaros. Madrid se ha convertido en la jaula de las locas. Y como bien dice Addie, se lo debemos a Gay-ardón.
Para cambiar de aires, nada como darse un paseo por Valladolid, Palencia, León, Zamora, Salamanca, Avila...
Por allí todavía vive España...