Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







lunes, julio 17, 2006

MISERICORDIA

Ayer, en una celebración de un amigo en Navalcarnero, vislumbré con estupor las consecuencias del paso del tiempo, y el gran mal que éste hace a las personas. Esta reflexión me viene ahora que he acabado una etapa de mi formación, en un momento en que hago acopio de virtudes y valentía para enfrentarme a la siguiente, la universitaria, que promete lo suyo. Y si digo que fue en Navalcarnero el comienzo de mi toma de conciencia, fue porque hay gente que veo allí que no vuelvo a ver en un año, y eso me condujo hacia algo más: la gente del colegio (adiós, borregos, adiós) con la que difícilmente me volveré a encontrar. A ellos dedico esto, e imploro misericordia por nosotros, por todo el pecado que allí queda y que arrastraremos nos guste o no. Siempre es bueno pedir misericordia al aire.

Dónde están, me pregunto hoy, dónde quedaron, me digo, aquellas gestas gloriosas, aquellos inflados juramentos de lealtad eterna, aquellos ejércitos armados con palos y piedras que acaudillé en aras de la conquista del colegio y el barrio. Desaparecieron, sus miembros se fueron esfumando uno a uno, y de la mayoría no volví a saber. Disueltas estas organizaciones de mi infancia, rotos los sueños de grandeza, me sumí en una amargura que me llevó al cinismo y a un cierto ostracismo. Asentado en mi nuevo colegio, se sucedieron más aventuras y desventuras que ya tendré a bien contar en otra ocasión. Y hasta hoy. A ese sistema también le ha llegado su hora, toca renovarse, adiós muy buenas, sean felices. Es el maldito cambio. Que uno es conservador hasta en eso.

Y ya comprueban con estas palabras lo enternecido que estoy, lo flojo de mi discurso, lo entristecido de mi ser pese a mi supuesta dureza espiritual y mi frialdad. Aquí tienen al crítico de la sociedad apenado porque ve derrumbarse esa misma sociedad que ponía a parir con ahínco. A la postre, llegados a este punto, hasta los enemigos jurados te empiezan a caer bien. Hay optimistas que todavía dicen: "Si ya quedaremos un día, ya nos reuniremos todos". Graciosos hundimiento éste, que todo lo pone del revés. Y yo pidiendo misericordia.

3 comentarios:

VICTRIX dijo...

Estimado espantapájaros, no se imagina usted lo identificado que me siento con todo lo que ha escrito, ya que mi edad es más cercana a la suya de lo que mi “profile” puede decir, pues nunca he sido partidario de especificar mi edad real en Internet por motivos tan evidentes como tratar con gente que no conozco. Mas era mi deseo proporcionar un dato cercano porque creo que ello permite a quien me lee ponerse en mi contexto. Ciertamente el cambio que supone la universidad puede imponer respeto pero debe usted saber que se encontrará más de lo mismo. Y se lo digo yo, que lo acabo de experimentar en propias carnes. No tiene usted más que pensar que a la universidad van a parar estudiantes que han salido de cualquier instituto o colegio como el suyo, y no eruditos ya experimentados y cultivados. De todas formas es comprensible su desconfianza hacia ese “maldito cambio” ya que las personas somos amantes de la seguridad. Pero debe saber que no tardará en destacar (al menos académicamente) en un mundo mediocre como es el de la universidad actual, que no es sino reflejo de la sociedad que la crea y la sustenta y que tanto abrumaría a estudiosos pasados como Unamuno o cualquier otro que se preste.

Es cierto igualmente lo que comenta sobre “aquellos inflados juramentos de lealtad eterna” Tan cierto como que en aquella época creíamos estar llevando a cabo auténticas acciones valerosas y trascendentes. “Mi mundo es el mundo” piensa uno. Y duro es el golpe cuando te percatas con el tiempo de la insignificancia de tus actos. Pero ese extraño concepto abstracto como es el de “tiempo” nos hace perder irremediablemente cosas reales y concretas. Y a la vez nos trae otras. Atrás quedan esos amigos y esas hazañas, solo presentes en nuestro recuerdo.

Habla de su personalidad. Me tomaré la licencia de tratar el tema. No le conozco personalmente, únicamente lo que mi intuición puede extraer de sus escritos, y creo que su supuesta dureza espiritual y su frialdad son una forma de responder a una sociedad que no le gusta en un afán por diferenciarse de la vulgaridad que abunda en ella. Es la forma que tiene usted de reafirmarse en unos valores que cree justos y nobles y que son ultrajados por la gente en general. Pero le diré que no debe confundir frialdad con personalidad marcada, ya que su frialdad desaparecerá una vez encuentre gente que le haga manifestar su faceta más social y sentimental, mientras que su personalidad marcada permanecerá. He de reconocer que a mi modo de ver mi personalidad no dista mucho de la suya. Aunque a mi frialdad hay que añadir que con el tiempo me he vuelto más desconfiado como método para disfrutar de autoprotección frente a una gente que considero ruin y estúpida en su mayoría.

Un saludo.

El Espantapájaros dijo...

Victrix, siempre son de agradecer sus comentarios, y éste no lo es menos. No se podría glosar mejor mi artículo.

Hay que decir que mi escepticismo con respecto a la sociedad es grande, pero no tanto como para ser un sociópata, y con la gente que conozco y frecuento me llevo bien y disfruto de su compañía.

Si bien no soy lo que se dice un sentimental, aparte del asunto Navalcarnero, este artículo viene al caso de que hoy mismo realizaba otro acto más del cambio: la recogida del libro de bachillerato. Supongo que eso me hizo caer en la cuenta de lo erreversible de la situación y de que definitivamente se cerraba una época. No sabría cómo expresarlo, es una pena y una alegría.

Un saludo

VICTRIX dijo...

Mi escepticismo ante la sociedad también es grande pero no por ello defiendo una concepción asocial de la vida. De hecho también disfruto de la compañía de buenos amigos con los que puedo mantener conversaciones bastante interesantes. Pero ello no quita de que sean una pequeña minoría en un mundo adolescente completamente surrealista y carente de valores. Supongo que usted también podrá dar fe de este hecho, verificable simplemente al darse una vuelta por cualquier instituto.

También recuerdo como si fuese ayer la recogida del libro de bachillerato, algo que me produjo más alegría que tristeza, quizás porque tenía una visión un tanto utópica del mundo universitario que no tardó en diluirse en pocas semanas. No obstante la libertad de la vida universitaria no tiene comparación con la que impera en un colegio. Le contaría más sobre el tema pero siempre que usted quiera y vía email ya que suelo ser cauteloso a la hora de hablar de mis vivencias en un lugar de acceso público.

Un saludo