Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







domingo, junio 11, 2006

LOS MAYORES

En el pasado reciente, en el colegio, los mayores eran temidos. Y tan temidos. En una sociedad autoritaria y jerarquizada, eran pocos los que reunían el valor suficiente para recorrer sus pasillos o siquiera acercarse a sus clases, tenidas por lugares prohibidos; y se podían contar con los dedos de la mano los que se enfrentaban a ellos o les respondían y llevaban la contraria. Tener aliados o hermanos mayores implicaba poco menos que una total impunidad y manga ancha para cometer todo tipo de tropelías y desmanes contra el prójimo. Por otro lado, la intervención de un mayor en conflictos de los cursos inmediatamente inferiores al suyo significaba la llegada de la paz, o que un bando, el apoyado por el mayor, se podía ir proclamando vencedor de la contienda.

Hoy ya no. El proceso de globalización ha afectado también a los centros de enseñanza, y se ha impuesto lo que se podría llamar una comunicación fluida y sin complejos entre cursos. Vamos, que los que tienen trece años se pueden llevar perfectamente bien con los que tienen quince, lo cual no se daba de ninguna de las maneras, porque no era normal y porque eran estratos sociales diferenciados, cada uno tenía el suyo y todos contentos. Con eso perdido, se acabó el poder de los mayores y el temor y respeto que inspiraban. Resulta que al estar todos el mundo unido mediante nexos de amistad, comunicaciones constantes (el teléfono móvil, el ordenador), etcétera, ¿qué autoridad van a tener sobre nosotros los mayores, si yo tengo cuarenta amigos con los que hacerles frente?

Es decir, llega a uno a lo más alto y se encuentra con que las reglas del juego han cambiado a peor. Que dirigirse con desprecio o descaro a los mayores no suele conllevar una contundente represión. Que ya no puedes sacudir a un crío insolente sin que se te eche encima medio colegio. Que pasear por los pasillos de los mayores o hasta tratarles con cercanía, de forma campechana, es práctica habitual. Es de risa. Con la de imbéciles que merecen un escarmiento, nosotros, los mayores, ni somos juez, ni jurado, ni verdugo.

3 comentarios:

Maestre de Campo dijo...

La vida cambia, para todos.

El Cerrajero dijo...

Mira esto que ha escrito Piru (creo).

vitio dijo...

Pues sí, Maestre, la vida pasa...y cambia.