Como una vez exclamara: "¡A mí, hombres!", cuando acudieron algunos los ahuyentó con su bastón, diciendo: "¡Clamé por hombres, no por desperdicios!" (Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio)







lunes, octubre 31, 2016

EL JINETE SIN CABEZA

A Ada Colau se le atragantó el café aquella mañana. Una noticia del periódico la sobrecogió profundamente: un concejal de las CUP, sus violentos socios de extrema izquierda, había aparecido muerto en una cuneta, posiblemente atropellado por un vehículo que luego se dio a la fuga. El cuerpo había quedado totalmente destrozado.

Colau no sentía simpatía real por los miembros de las CUP, pero esas gentes asilvestradas y embrutecidas le hacían el trabajo sucio en muchas ocasiones y, por añadidura, siempre podía amenazar con su extremismo a las clases acomodadas.

Ese viernes otoñal Colau tenía prevista una reunión con su equipo de concejales para estudiar nuevas tasas, regulaciones y decisiones por lo común esperpénticas. Salió de su despacho con paso presuroso, después de introducirse en su burka. Hacía ya dos meses que lo utilizaba como una forma de ganarse a la comunidad musulmana y de hacer ver a la sociedad, en sus propias palabras, que “debemos adaptarnos a la diversidad que viene y dejar de lado prejuicios occidentales”. Además, la amplitud del burka disimulaba su sobrepeso.

Tras informar a sus ediles del accidente del concejal de las CUP, Colau tomó asiento en una especie de trono y mandó a un bedel a por vino y uvas. Dicho bedel no era otro que Xavier Trías, antiguo alcalde y miembro de la extinta CiU. El viejo y fracasado personaje, conocido por su cobardía, que le había llevado a pagar el alquiler de unos okupas con dinero público, tenía tanto miedo a Colau que ejercía de sirviente para ella cuando no actuaba como inoperante jefe de la oposición.

Salam Aleikum —saludó Colau.

Aleikum Salam —replicaron al unísono todos los presentes.

—¿Qué tenemos en el orden del día? —quiso saber la alcaldesa, y engulló una uva del racimo que le había acercado Trías.  

Su primer teniente de alcalde, el argentino Pisarello, tan obsequioso con sus amos como despótico con sus subordinados o con los débiles, respondió de inmediato:

—En primer lugar, estudiar una tasa que gravará a quienes miren los escaparates de las tiendas del centro. Al fin y al cabo, esos potenciales consumidores están ocupando la acera, un espacio público, por un tiempo considerable, y, por otra parte, debemos disuadirles de gastar dinero en cosas que no necesitan. El Ayuntamiento vela así por los derechos humanos de los consumidores, a los que debemos preservar de las tentaciones capitalistas. —Pisarello hizo una pausa y buscó con la mirada la aprobación de Colau, que en su burka no era sino una deforme sombra negra. La alcaldesa asintió. —Bien, en segundo lugar, estamos preparando una regulación que obligará a los turistas que vengan a Barcelona a ponerse un hábito penitencial y capirote y a ser exhibidos de esa guisa por las calles antes de abandonar Barcelona. Estos turistas vienen aquí con su dinero y arrogancia y degradan nuestra bella ciudad. Es normal, entonces, que tengan que pedir perdón antes de regresar.

Un concejal que aún no había perdido todo el sentido común carraspeó para llamar la atención.

—Ejem, quizá estemos siendo demasiado estrictos con los turistas… La actividad turística es importante para Barcelona y…

—Lo importante para Barcelona es la dignidad, no el dinero —cortó Colau, rotunda—. Es más, nosotros siempre hemos defendido la lógica del decrecimiento económico. No podemos permitir que la prosperidad nuble la mente de nuestros conciudadanos y que lleguen a creer que pueden vivir sin nosotros. Es mejor que dependan de nuestros servicios en la mayor medida posible. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. El siguiente punto, por favor.

Exhibiendo una sonrisa divertida, Pisarello dijo:

—Hoy enviaremos a Águeda Bañón a dar una rueda prensa en el monumento a Colón para denunciar el imperialismo españolista y genocida. A su término orinará en la base del mismo. ¿Estás lista, querida?

La aludida movió la cabeza afirmativamente y emitió un sonido gutural. A pesar de ser la jefa de prensa de Colau, Bañón no estaba dotada de un verbo brillante o siquiera medianamente comprensible. Otra cosa era su pericia para las performancesespecialmente las de mal gusto.

—Fabuloso —afirmó Colau—. Estamos llevando a Barcelona a donde merece estar. Es ahora una ciudad de la gente, abierta a todos. —Se incorporó—. Ahora he de ir a ver al president Puigdemont. Tengo una cita con él para ver cómo puede el Ayuntamiento ayudar a vigilar los recreos de los colegios. Últimamente se está detectando que muchos alumnos y alumnas hablan en castellano… ¡Intolerable!

Ya estaba en la puerta cuando Pisarello volvió a hablar:

—Perdonad, mi señora, pero debo reportar un nuevo avistamiento

—¿Otro avistamiento… franquista? —inquirió un concejal.

Colau resopló con patente fastidio. En el último mes varias personas habían asegurado haber visto la estatua decapitada del general Franco en distintos puntos de la ciudad. La estatua, retirada de una exposición del Ayuntamiento tras ser repetidamente atacada y posteriormente derribada por la aguerrida juventud barcelonesa, había desaparecido del almacén municipal poco después. Los testigos decían haberla visto en los lugares más inverosímiles. Por ejemplo, en las inmediaciones de la plaza de toros. El problema no era tanto la presencia de la estatua, sino que algunos testigos manifestaban haberla visto en movimiento…

—Bah, habladurías —dijo Colau despectivamente—, invenciones malintencionadas… Sin duda, la estatua fue robada por algún grupo antifranquista, los mismos que la decapitaron en su día, y ahora se dedican a gastar bromas con ella. En realidad, estoy muy orgullosa de que los jóvenes barceloneses se hayan empoderado de esta forma.

Así concluyó la reunión. Colau creía que pasaría un fin de semana tranquilo. Sin embargo, el destino le reservaba una nueva y desagradable sorpresa. El domingo, una criada se topó con el inefable Pisarello ahorcado con una bandera de España. El teniente de alcalde había ido a pasar el fin de semana solo a una masía: la banda de Colau, aunque propensa a predicar la vida comunitaria para los demás, prefería no mezclarse mucho con la gente en su tiempo libre. La policía había calificado como suicidio el tráfico final del argentino.

En principio.

Porque a Colau nada le cuadraba, y empezaba a preocuparse de verdad. ¿Guardarían relación las dos muertes de los últimos días con los cada vez más frecuentes avistamientos de la malograda estatua de Franco?

Así pues, Colau decidió convocar una reunión de los más altos estadistas con que contaba el pueblo catalán. Esa misma noche se reunieron en el Palacio de San Jaime el president Picodemonte, Homs, Gabriel Rufián y la propia Colau.

—Es cierto que lo que cuentas de la estatua de Franco es inquietante —reconoció Picodemonte tras escuchar atentamente la explicación de Colau.

—Claro que lo es —dijo Colau, ahora convencida de que algo raro pasaba—, y puede que vuelva actuar.

—¿Acaso ha dejado de actuar alguna vez? —preguntó Rufián, con una copa de whisky en la mano. Era ya la tercera de la noche—. Franco nunca ha dejado en paz a Cataluña. Aún vivimos en la dictadura franquista, que no acabó en 1975, sino que se perpetuó gracias a la transición, y nunca Cataluña ha soportado una opresión tan brutal como la presente.

Picodemonte suspiró, hastiado. Una cosa era decir y escuchar tales patrañas en intervenciones públicas y otra tener que aguantarlas también en privado.

—El caso es que debemos hacer frente con este problema —dijo sin mucha seguridad—. Y no podemos recurrir a las autoridades españolas. Debemos actuar con el seny que nos caracteriza, recurriendo a nuestros mejores valors.

Homs, con los ojos muy abiertos, se puso en pie.

—¡Naturalmente, president! Si estamos combatiendo un fenómeno sobrenatural, hemos de utilizar algún tipo de exorcista. Y conozco a las dos personas más indicadas para ello…
Al día siguiente, sor Lucía Caram y el padre Escolar se presentaron ante Homs para recibir las instrucciones de su misión.

—Franco ha vuelto —anunció Homs en tono grave—. Su espíritu ha poseído una estatua de bronce y sólo vosotros podéis exorcizarlo. El último avistamiento ha tenido lugar en…

Un tremendo estruendo interrumpió a Homs. Escolar y Caram se giraron a tiempo para ver cómo reventaban las puertas del salón en que se encontraban, dando paso a una impresionante estatua del Caudillo a la que le faltaba la cabeza.

Antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Caram fue aplastada y pateada por el caballo. Repetidos pisotones convirtieron su cabeza en un amasijo de carne sanguinolenta y pedazos de hueso.

Mientras tanto, el padre Escolar se había arrodillado y elevaba plegarias a Pablo Iglesias Turrión, Alberto Garzón y otros ídolos de la extrema izquierda. De poco le sirvió cuando la estatua viviente desenvainó su sable de caballería y le atravesó de parte a parte.

Por último, Homs, igualmente de rodillas, comenzó a besar las frías pezuñas del caballo y a pedir clemencia.

—Mi…, mi general, os prometo… fidelidad eterna —balbuceaba, completamente aterrorizado—, os lo prometo… Pero preservad mi…, mi vida…, por favor.

Por un instante pareció que el jinete hacía caso de sus plegarias, pues se dio la vuelta. Pero entonces el caballo propinó una brutal coz a Homs que reventó su cráneo, matándole al instante.

Ante semejantes hechos, Picodemonte y Colau decidieron emplear su último recurso. Convocaron una manifestación cívica, democrática, participativa y festiva para mostrar su repulsa a la estatua de Franco.

El día señalado acudieron miles a las calles de Barcelona. Estaba la flor y nata de la raza superior catalana, desde los camisas negras de ERC a los salvajes andrajosos de las CUP, pasando por los atildados señoritos de la burguesía catalana. Agitaban la bandera separatista, jugaban al corro de la patata y componían versos y canciones sobre el privilegio de ser catalán. Y todo era retransmitido por TV3 con desbordante entusiasmo.

En la cabecera de la manifestación avanzaban con solemnidad Picodemonte y Colau, que llevaba a Trías sujeto con correa. Se decía que Rufián, al enterarse de la muerte de Homs y sus exorcistas, había cogido un avión en El Prat rumbo a la Cochinchina.

La manifestación se desarrolló sin incidentes hasta que una sombra ominosa apareció en medio del Paseo de Gracia.

Era Franco, todavía sin cabeza.

La manifestación se detuvo frente a él. Algunos corearon consignas y otros se atrevieron a lanzar alguna imprecación. En general, con todo, predominó la prudencia. Picodemonte y Colau, silenciosos, dudaban sobre qué hacer a continuación.  

De pronto, un hombrecillo calvo y con bigote vestido con una chaqueta de punto se aproximó resueltamente al jinete y le entregó la cabeza que le faltaba.

—Aquí tenéis vuestra cabeza, Excelencia —dijo el hombrecillo—. La encontré en Wallapop a un precio prohibitivo, pero vale la pena por veros completo y listo para la acción.

—¡Es Pío Moa! —exclamó Colau.

—Ese fascista no tiene permiso para pisar suelo catalán —declaró Picodemonte—. ¡Apresadle!

Dos trabucaires de ERC se adelantaron a fin de cumplir la orden. Cuando ya iban a agarrar a Moa, el jinete colocó su cabeza donde correspondía y pronunció una frase escueta pero cargada de significado:

—Aquí manda mi polla.

El primero en caer víctima del pánico fue un diputado de la antigua CiU, que huyó a la carrera mientras gritaba “Auxili, auxili!”. Después, la desbandada fue generalizada. Ada Colau murió pisoteada por la masa, el burka convertido en negra mortaja. De Picodemonte se rumoreó más tarde que había escapado por las alcantarillas acompañado de algunos fieles y periodistas subvencionados. El resto de separatistas furibundos pronto arrojó sus banderas por el váter o sencillamente las quemó.

Y así fue como Franco, que decidió instalarse en el Castillo de Montjuic, restauró las libertades en Barcelona y toda Cataluña, gobernando ya para siempre aquellas tierras a lomos de su soberbio corcel. 

No puedo imaginar mejor final para el delirio separatista. ¡Franco levantó la cabeza! Y feliz noche de Halloween, por supuesto.

domingo, octubre 16, 2016

¿POR QUÉ PODEMOS NO CELEBRA EL 12 DE OCTUBRE?

Corren malos tiempos para Podemos, de disensiones internas y pocas alegrías. Debe de ser deprimente proclamarse el partido de la gente y quedar a considerable distancia del partido más votado en cada elección. A Pablo Iglesias se le ha borrado la sonrisa y vuelve a fruncir el ceño. No más fingimientos, nunca muy creíbles de todas formas. Podemos es un partido de extrema izquierda y como tal debe comportarse. Ejemplo de ello es que se acabó celebrar el 12 de octubre, Fiesta Nacional de España.

El rechazo a tan destacada efeméride lo apoyan los acólitos de Iglesias en diversas excusas y falacias, de menos a más en cuanto a radicalismo. En primer lugar, no se puede ir a comer canapés en palacio mientras el pueblo sufre. Así lo declaró el de la coleta. Sin embargo, los líderes de Podemos han estado en muchos palacios y han comido muchos canapés sin que se les atragantaran. Han conmemorado, cómo no, las fiestas regionales de Cataluña, Valencia, Galicia, Andalucía… Además, ¿qué hizo Iglesias por los menesterosos el 12 de octubre? Se quedó en la casa de su tía abuela, donde vive solo, viendo series y arrugando camisas para su próxima aparición pública.

En segundo lugar, hay una apelación a la verdadera patria. La patria no son las banderas o los desfiles, dicen los iluminados, sino la gente, los servicios públicos, la solidaridad (son sólo ejemplos, hay muchas más posibilidades). Juanma del Álamo ha analizado con brillantez qué es la patria para Podemos, concluyendo que “ser patriota es pensar como Pablo”. Se trata de una preocupante confusión entre la nación y programa político. Para Podemos, no hay nada válido fuera de su ideología, de la misma manera que únicamente los votantes de Podemos son gente. Es realmente una visión excluyente con tintes totalitarios. A mi juicio, es más aceptable identificar la patria con un hogar común con símbolos propios y una historia compartida antes que con la cosmovisión de un partido.

Por último, se afirma que no hay nada que celebrar porque España cometió un genocidio en América. Torpe genocidio tuvo que ser cuando tantos y tantos conquistadores se mezclaron con la población indígena. Por otra parte, los pueblos precolombinos ya llevaban mucho tiempo masacrándose entre ellos, por lo que no puede decirse que los españoles arruinaran un paraíso de paz, diversidad y democracia asamblearia. Fueron países de Sudamérica los que conmemoraron por vez primera el 12 de octubre. El preámbulo del decreto de 1917 del Gobierno argentino que lo instauró como fiesta nacional señalaba que era “eminentemente justo consagrar la festividad de esta fecha en homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, que debemos afirmar y mantener con jubiloso reconocimiento”.

Detrás de tantos argumentos absurdos o endebles está la verdad. Podemos odia a España y a los españoles. Aborrece su Historia, de la que tan sólo salvaría el período comprendido entre 1931 y 1936 (y quitando los dos años en que gobernó la derecha). Raro sería que un partido así, enfermo de rencor, arrodillado ante el separatismo, celebrara una fecha gloriosa para España. No pasa nada. Así quedan mejor retratados.


domingo, octubre 02, 2016

TRIBULACIONES DE UN ACTIVISTA CONTRA EL RACISMO



He conocido a un tal Mohamed Gerehou, español de padres originales de la República Islámica de Gambia. Mohamed se define como “activista contra el racismo” (de algo hay que vivir) y escribe (sorpresa) para el vil periodicucho de Ignacio Escolar. En particular, he leído un artículo suyo titulado “La mentira xenófoba de los valores occidentales” en el que, con ciertas dificultades expresivas, denuncia tales valores.
 
El escrito carece de valor alguno y revela una preocupante falta de formación. No obstante, es una pieza interesante por cuanto pone de relieve el odio a Occidente que emparenta a izquierda e Islam.
 
A Mohamed le irritan los valores occidentales, opina que la propia expresión es “criminalizadora” (sic). Por tanto, partimos de la base de que está mal de que los países occidentales califiquen ciertos valores como propios, a pesar de que lo sean, como se verá después.
 
Mohamed comenta con poca o nula gracia ciertos ejemplos, como Hollande hablando de los valores republicanos (laicismo, igualdad, etc.). El activista, no sé si traicionado por el subconsciente, pero en todo caso de forma cómica, escribe: “Francia, un país que se arriesga y se pone por bandera principios que nadie en su sano juicio suscribiría”. ¿Que nadie suscribiría? ¿No será lo contrario? Qué mal se enseña la lengua española por culpa de los recortes de Rajoy.
 
También menciona al Rey, al que acusa de defender “valores excluyentes” por afirmar que los inmigrantes y refugiados han de respetar los valores del país de acogida. ¿Cómo se atreve el Rey a decir eso desde su trono, etcétera? Hay que respetar la diversidad cultural, por supuesto, y no excluir costumbre alguna. La ablación del clítoris, la sumisión de la mujer al marido, la persecución oficial contra los homosexuales… ¡Cuánto ganaríamos de no ser por el muro de los valores occidentales! 
 
La razón del enfado aparece poco después: “Lo real es el respeto a los derechos y a las libertades, sin distinciones sesgadas que ensalzan a quien se apropia de los Derechos Humanos para occidentalizarlos y blanquearlos”. He aquí el problema. Según Mohamed, lo que luce en la Declaración de Derechos Humanos no son valores occidentales y, lo que es más importante, no puede ser impuesto a los musulmanes (para qué engañarnos, todo gira en torno a eso aunque no se diga explícitamente) que vienen a Europa. 
 
Aun siendo una Declaración universal, ya que fue adoptada por un organismo internacional con esa vocación, su sustrato es básicamente occidental. Los derechos y libertades que se reconocen en ella son los propios del constitucionalismo anglosajón y francés, muy anterior a 1948, y no parecen emanados de la tradición jurídica de Gambia u otros países musulmanes. Por otra parte, los musulmanes que vengan legalmente a Europa tienen derecho a profesar su religión, siempre que no franqueen los límites del orden público. 
 
Los países occidentales harán muy bien en proteger sus valores frente a personajes como Mohamed, que cree que puede dar lecciones porque la policía le haya parado un par de veces por la calle. En realidad, este activista es un resentido, un hijo de inmigrantes que aspira a volver a sus raíces y que, en el fondo, sabe que el Islam no es compatible con Europa y nunca lo ha sido. De esa frustración íntima nace su diatriba contra los valores occidentales y su incoherente apelación a los derechos humanos, que coinciden en esencia con lo que, sin ir más lejos, establece la Constitución española. Y, a diferencia de la ONU, España sí dispone de mecanismos efectivos para garantizar tales derechos, cosa que el activista no puede o quiere apreciar, quizá porque él vive de presentarse como una víctima del sistema. 
 
Sin duda, esos derechos humanos que exige el activista (“a mí dadme más Derechos Humanos”, dice sin pudor, como si él fuese especial) están mejor y más garantizados en los países europeos que en ninguna otra parte. Si no, espero que Mohamed me ilustre acerca del exquisito respeto por los derechos humanos en los países musulmanes. ¿No hay allí “valores xenófobos”? ¿Los extranjeros y, sobre todo, extranjeras pueden comportarse como quieran, según sus costumbres propias? ¿Hasta qué punto se tolera la diversidad cultural y religiosa? 
 
Está claro que Mohamed sufre mucho. No entiendo cómo no emigra a Gambia y huye de los repelentes valores occidentales. Supongo que lo hace por heroísmo: alguien tiene que sacrificarse contra el fascismo europeo. 
 
En fin, otro profesional de la queja que vive de intentar convencernos de lo malos que somos. Pero cada vez cuela menos, por suerte.

domingo, septiembre 25, 2016

COMENTARIO SOBRE EL GOBIERNO EN FUNCIONES



Pase lo que pase en las elecciones autonómicas que se celebran hoy, es muy probable que España siga sin Gobierno y encaminada a unas terceras elecciones generales. Esta situación, ciertamente insólita, plantea no pocos problemas e interrogantes en cuanto a las funciones de los poderes públicos y su impacto en la sociedad, y sobre hasta qué punto sería saludable que se alargara la interinidad del Gobierno. 
 
De entrada, conviene señalar que el Gobierno en funciones, de acuerdo con el art. 21 de la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno, carece de iniciativa legislativa y no puede aprobar el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado. Ahora bien, sí puede actuar “en casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general cuya acreditación expresa así lo justifique”, aprobando un Decreto-ley, por ejemplo. 
 
No obstante esta regulación, existen muchas dudas sobre qué puede hacer el Gobierno en funciones. ¿Puede realizar nombramientos de altos cargos? ¿Puede dictar reglamentos? ¿Ha de someterse al control del Parlamento? Según la doctrina, tiene vedada cualquier decisión que suponga la implementación de un programa político, debiendo limitarse a la administración ordinaria de los asuntos públicos. Pero éste es un concepto jurídico indeterminado que ha de ser interpretado a la luz de la práctica constitucional y de los límites inherentes a un Gobierno con facultades restringidas por mor de la pérdida del nexo fiduciario con el Parlamento.
 
Se ha discutido mucho, también, acerca de los efectos que esta situación tiene en la economía española, que sigue creciendo en la actualidad. Es verdad que, por un lado, la ausencia de producción legislativa es más un alivio que otra cosa para muchas empresas y ciudadanos, y la menor capacidad de intervención del Gobierno deja las manos más libres a los operadores económicos. Pero, por otro, no se puede ignorar que, habida cuenta del volumen del sector público en España, un buen número de negocios depende de decisiones gubernamentales y que hay partidas de los Presupuestos Generales del Estado que no pueden prorrogarse.
 
En todo caso, el Gobierno central no es la única instancia de poder en España. Ayuntamientos y Comunidades Autónomas siguen funcionando, así como la Administración de Justicia, lo que contribuye a rebajar el impacto de un ya largo período de Gobierno en funciones.
Pero la incertidumbre no es un factor apreciado por los mercados, menos aún cuando España afronta desafíos de primer orden, como el separatismo en Cataluña, la amenaza del terrorismo musulmán o la crisis interna de la Unión Europea. 
 
El bloqueo político en España es malo por las causas que lo explican, es decir, la intransigencia del principal partido de la oposición y la atomización del Parlamento. A mi juicio, las repercusiones de este bloqueo pueden ser muy negativas si después de diciembre sigue sin aclararse el panorama. Con todo, es una experiencia interesante y de la que se puede aprender.

domingo, agosto 21, 2016

UNA GENERACIÓN DE NENAZAS



En España se ha hablado mucho de la generación más preparada de todos los tiempos. Más acertado resulta referirse, sin embargo, a la pussy generation o generación de nenazas, feliz concepto acuñado por Clint Eastwood. Se trata de una generación con mucha sensibilidad, que se ofende constantemente y vive con placidez en la dictadura de lo políticamente correcto.
 
Sus manifestaciones están por todas partes, ya que la actualidad proporciona continuas ocasiones para rasgarse las vestiduras y hacer profesión pública de buenos sentimientos. Así, se ha comprobado que es inadmisible una lista de deportistas guapas publicada por 20 Minutos o una felicitación a Rafa Nadal por parte del Ejército de Tierra en que la mención a la guerra no aparecía revestida de tragedia o rechazo. En ambos casos, hubo petición de disculpas y retirada de semejantes atentados al pensamiento único. Otros notables episodios fueron la ejecución de Excalibur o el recibimiento tributado a los refugiados en distintas estaciones de tren de Alemania, donde las alemanas echaban confeti sobre los hombres que después las agredirían sexualmente. 
 
Con diferencias entre países, pienso que ha germinado en Europa una sociedad débil, acomodada y poco dispuesta al sacrificio. Los jóvenes, particularmente, ya no hacen el servicio militar en casi ningún país y consideran que por el mero hecho existir o de obtener un título universitario el Estado les debe toda clase de derechos, servicios y prestaciones. 
 
Hay en marcha un proceso de castración del hombre occidental, un paso fundamental para abrir paso a la invasión musulmana que sufre Europa. Formando una extraña aunque comprensible alianza con el Islam, la izquierda está encantada con la paulatina penetración mahometana. Todo en nombre de un multiculturalismo en el que ya pocos creen, lo que importa poco, ya que las razones de fondo de este proceso hay que buscarlas en el odio a Occidente que anida en buena parte de la izquierda, en complejos históricos y en cierta inclinación tercermundista como último recurso frente a la sociedad abierta, capitalista y consumista que no pueden soportar los iluminados de turno. 
 
La pussy generation es la víctima ideal. Es probable, incluso, que hasta reciba con alegría el hacha de su verdugo. No en vano las feministas ya están defendiendo el espantoso burkini, y tengo para mí que muchos izquierdistas, hoy orgullosos ateos y laicos, serían los primeros en ponerse a rezar con el culo en pompa en dirección a La Meca. 
 
Por ello, saludo esperanzado la irrupción de Donald Trump, quien está sacudiendo por las solapas a muchos papanatas que no comprenden que la libertad tiene un precio y que la seguridad no está garantizada. El problema de tantos progresistas con Trump, y que explica la brutal campaña en su contra, reside en que personifica todo lo que ellos odian. Es un hombre blanco, rico, con una mujer guapa a su lado y que se resiste a entrar en los moldes que aprisionan a tantos políticos americanos y europeos. Y lo más grave, desde su punto de vista, es que tiene éxito, levanta pasiones. 
 
Entre las puertas abiertas de Merkel y el muro de Trump, me quedo con el muro. Y que los lloricas sigan llorando, rabiando y pataleando. No sé si se cansarán algún día, pero no hay que ceder ante ellos.