La crisis desatada en Caja Madrid y la corrupción, junto con otras mil disputas internas, estaban sacudiendo los cimientos del Partido Popular, y Mariano Rajoy, su líder, había tenido que soportar mil agravios de hombres como Gallardón. A pesar de ello, resistía todo envite y no acababa de dar el puñetazo en la mesa que muchos reclamaban. Era un señor paciente y tranquilo que incluso confraternizaba más con quienes con más ahínco deseaban aprovecharse y librarse de él...
Fue a la hora del crepúsculo, en Halloween, cuando se encontraron Rajoy y Gallardón en casa del primero. El alcalde saludó con gran efusividad a Rajoy, abrazándole y besándole en la boca. Se notaba que estaba bebido: le delataba el olor a alcohol y su excesiva alegría. Iba el alcalde disfrazado de vampiro, pues aquella noche tenía planeado recorrer la ciudad e ir de puerta en puerta pidiendo dinero a los madrileños. Si no se sometían, tendrían que soportar sus empalagosos discursos acerca de la solidaridad, la justicia social y la necesidad de las obras públicas. El disfraz de vampiro era, por tanto, el más adecuado.
Un Rajoy relajado y satisfecho se sentó en su sillón de orejas preferido y Gallardón hizo lo propio. Frente a frente, se sonrieron. La tensión de los días anteriores parecía haberse disipado. Al fin y al cabo, el objeto de esa cita era limar asperezas entre ambos. Gallardón desplegó sus encantos e hizo algunas preguntas de cortesía a su anfitrión. Por efecto del vino se le habían subido los colores a la cara, lo que no casaba muy bien con la palidez de un vampiro.
Gallardón hablaba atropelladamente, con la lengua estropajosa, y ya estaba aburriendo a Rajoy, que decidió, por una vez, tomar la iniciativa.
--Fumemos un puro –invitó Rajoy--. Como ves, mi esposa y mis hijos no están en casa y no les molestaremos; han salido a celebrar la fiesta. Ojalá tiren huevos contra La Moncloa.
Gallardón rió de buena gana. Le entró hipo.
--Que sea éste el puro de la paz –proclamó, grandilocuente--. No más peleas ni rencillas, Mariano... –Aquí tuvo que hacer una pausa hasta calmar sus hipidos--. El viaje al centro debe completarse y, con nuestros esfuerzos unidos, lo conseguiremos. El PP puede ganar las elecciones siguiendo las recetas de Arriola y mis guiños a la izquierda. Eso sí –añadió--, lo que está haciendo Aguirre con Caja Madrid es de vómito.
Una sombra cruzó el rostro de Rajoy.
--Pensaba que eso lo había dicho Cobo, no tú.
--Con el paso del tiempo, y después de que me haya servido bien, he aprendido a hablar a través de Cobo y éste a aceptarlo. ¡Todo por su amo! –explicó Gallardón.
Ambos saborearon durante unos minutos el puro y una copa de coñac, mientras el espeso humo se expandía por el salón, decorado con gusto y clasicismo. Al calor del fuego de la chimenea, aquel lugar era acogedor y hogareño. Ya había anochecido y de las calles les llegaba el griterío de los chiquillos que salían a pasarlo en grande.
--Mariano, ya sabes el afecto que te profeso –volvió a la carga Gallardón con voz engolada--, y creo sinceramente que tanto tiempo al frente del partido, soportando los problemas que has soportado, con dos elecciones perdidas a cuestas, te ha pasado factura. No me digas que no te gustaría regresar a tu plaza de registrador en Santa Pola y olvidarte de la tropa del PP. Pasarías más tiempo con tu familia, te echarías más siestas... Lo que necesitamos es un líder natural, no alguien sin, ejem, carisma y empuje... ¿Me entiendes?
--No sé –repuso Mariano, sin mirar directamente a los ojos enrojecidos de Gallardón--. No estoy seguro de qué hacer, pero tengo alguna idea...
--¿De veras? ¿Podrías compartirla conmigo?
El líder del PP esbozó una sonrisa.
--Muy pronto. Pero antes quiero que bajemos a mi bodega, para que cates un gran reserva que me han regalado. Tú eres de buena familia, Alberto, y conozco tu gusto por los buenos caldos. Así podrás salir más animado a cumplir tu misión recaudatoria de esta noche.
--Estoy de acuerdo. Aún puedo demorarme un rato más aquí. Pero ten cuidado con esos obsequios... Ya sabes lo que pasa.—Gallardón guiñó un ojo torpemente--. Aun así, no seas demasiado duro con los pijos y mediocres de Camps y su pandilla. Son parte de la marca electoral del PP.
El anfitrión se limitó a sonreír con condescendencia.
Descendieron a la bodega de la casa, una cripta amplia y húmeda con bastas paredes repletas de botellas.
--No sabía que tuvieses una bodega tan grande –comentó Gallardón, tomando en sus manos una botella. Se estremeció bajo su siniestra capa negra --. ¡Vaya, qué interesante!
Rajoy hizo un gesto con la mano que invitaba a que la probase. Las luces de la bodega titilaron. Gallardón no esperó más y pronto estaba bebiendo del cuello de la botella, con hilillos de vino resbalándole por la barbilla.
--¡Soberbio! –exclamó, ya agotado el contenido de la botella, y palmeó la espalda del gallego con cariño--. No obstante, quiero suponer que me guardas una sorpresa aún mayor.
--Desde luego, mi querido amigo, desde luego. Avancemos un poco más.
Así, bajaron unas escaleras que daban a una zona de la bodega que necesitaba de una reforma: la iluminación era mala y las paredes casi se caían a pedazos. Gallardón se paró ante un enorme tonel sobre el que había una copa rebosante de un vino de intenso color rojo. De nuevo, Rajoy se lo ofreció.
--Bebe, por favor.
Gallardón alzó la copa, ebrio de alcohol y felicidad, y los ojos le brillaron con malicia.
--Brindo –dijo— por los cadáveres políticos que vamos a dejar a nuestro paso, amigo Mariano. Empezando por todos esos liberales de pacotilla... ¡La Moncloa será nuestra gracias al centrismo!
--Y yo, por que llegues a lo más alto.
Tras la degustación, Gallardón reparó en un escudo heráldico que colgaba de la pared. Un hombre barbado y de oro recostado en una butaca, sobre fondo azur, descansaba como si se tratase de un dios antiguo y polvoriento.
--¿Orígenes nobles tú? –se extrañó Gallardón--. ¿Cuál es tu lema?
--Santo Job sólo hubo uno en la Historia.
Con aire pensativo, Gallardón cogió una botella al azar y la vació de un trago, mientras Rajoy le señalaba el final de un pasillo oscuro y lleno de telarañas y escombros donde las paredes se estrechaban hasta desembocar en una suerte de nicho excavado en la roca.
--Al final está el gran reserva prometido. Es un magnífico amontillado que te resultará delicioso.
Gallardón se frotó las manos.
--Allá voy.
Rajoy le siguió lentamente hasta que el alcalde tropezó con el final del nicho, punto en el que trató de descubrir dónde estaba el tonel mediante una linterna de bolsillo. Rajoy aprovechó ese momento de confusión para encadenarle a unas argollas de hierro instaladas en la pared.
Gallardón se volvió, sorprendido, pero sólo emitió un balbuceo. Al momento siguiente, Rajoy comenzó a tapiar el estrecho nicho con Gallardón dentro, empleando ladrillos, cemento y paleta extraídos de un recoveco. Cuando ya casi había levantado la mitad de la pared, el alcalde, menos embriagado, intentó quitarse las cadenas: su alegría se había esfumado y su rostro desgastado por los excesos traslucía temor.
--¿Qué estás haciendo, amigo mío? ¿Dónde está el amontillado? Esto será una broma, ¿no?
Impasible, Rajoy continuó apilando ladrillos y aplicando cemento.
--¿Acaso es hoy el Día de los Inocentes? –dijo finalmente--. Parece que no.
--¿Por qué haces esto? –Gallardón rompió a llorar--. ¡Yo merezco otro trato!
--¿Recuerdas el Caso Naseiro? ¿Cuando en 1996 intentaste convertirte en presidente de un Gobierno de salvación nacional en detrimento de Aznar? ¿Cuando te sentías a gusto siendo un verso libre dentro del partido? ¿Cuando justo antes de las elecciones de 2008 me amargaste la vida con tu ambición de ser diputado? ¿Cuando tuve que viajar a Copenhague y sufrir el chasco de Madrid 2016? ¿Cuando, mas recientemente, hube de soportar tus maniobras en Caja de Madrid y que me dejases en ridículo? Además, eres un coñazo de tío. Fíjate lo que es la vida que, acerca de todo ello, vas a poder reflexionar mientras buscas el amontillado.
Los gritos de Gallardón inundaron la bodega, pero nadie más que Rajoy los escuchaba. Silbando, completó la pared y, a continuación, construyó otras dos más. Gallardón había quedado emparedado. Ya no gritaba ni se quejaba.
De repente, de las profundidades del nicho surgió una carcajada escalofriante. A Rajoy se le erizaron los pelos de su barba canosa.
--¡Ja, ja, ja! Vamos, Mariano, basta de tonterías. No puedes librarte de mí así. No puedes prescindir de mis contactos con PRISA ni de mi fuerza electoral. Me necesitas para llegar a La Moncloa.
--No me tentarán más tus cantos de sirena –replicó el otro, y encendió un puro. Suspiró de cansancio--. Tus traiciones y delirios de grandeza terminan aquí y ahora.
--¡Por el amor de Dios, Mariano!
--¡Sí, Alberto, por el amor de Dios!
Pero éste ya no respondió más. Al otro lado del triple muro de ladrillo tan sólo se oían extraños murmullos. Rajoy sacudió el polvo de su bata, dio una calada al puro y se alejó por los pasillos de la bodega, preguntándose de dónde provendría ese insistente tintineo que taladraba su cabeza...
Eran las ocho de la mañana del 31 de octubre de 2016. Hacía frío. Rajoy apagó el despertador, bufando. A sus sesenta y un años, tenía que ir al Registro de la Propiedad a enseñar el oficio a sus nuevos subordinados y arreglar unos asuntos. ¡Qué aburrimiento! Al levantarse de la cama, cayó al suelo el libro que había estado leyendo hasta que le entró sueño: Cómo lo hice. Mi primera legislatura como Presidente socialista, de Alberto Ruiz-Gallardón.
--¡Santo Job, si hubiese tenido este sueño antes! –dijo Rajoy, molesto.
Y se rascó la barba con gran disgusto antes de dirigirse al cuarto de baño.
Que Edgar Allan Poe me perdone y que Rajoy me escuche. Feliz noche de Halloween.